El conocimiento antropológico en tiempos de “pós-verdad”

Recepción: 13 de febrero 2017

Aceptación: 23 de febrero 2017

A mi parecer, la diagnosis de nuestra situación ofrecida por Gustavo es muy oportuna. Tal vez las voces de antropólogos profesionales sean un poco más prominentes en el mundo del “conocimiento experto” ligado a organizaciones multilaterales e internacionales y a comités de asesores de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, pero en general creo que tenemos que aceptar lo que dice sobre la debilidad de nuestro perfil público profesional actual y nuestra aparente incapacidad de producir análisis de los “grandes retos” de nuestra época que consiguen atraer el interés del público en general y ganar peso político. También estoy de acuerdo con sus planteamientos sobre los impactos negativos de los llamados “giros” teóricos de las últimas décadas y posiciones epistemológicas que nos dejaron en la postura absurda de negar nuestra capacidad de producir cualquier tipo de conocimientos. De igual importancia es su crítica de los impactos de la transformación neoliberal de las universidades públicas y de las culturas de evaluación individual en un ambiente mercantilizado.

Aunque Gustavo tiene razón en destacar que las situaciones no son exactamente las mismas en todo el mundo, y que no debemos hablar de la crisis en la antropología del mundo anglosajón como si fuera mundial, me preocupa que muchos de estos problemas son cada vez más visibles en América Latina. Los latinoamericanos pueden dar una lectura potencialmente más emancipadora y descolonizadora a políticas públicas orientadas a respetar, en lugar de controlar, la diversidad étnica, por medio de hablar de la “interculturalidad” en lugar de la “multiculturalidad”, pero la experiencia mexicana no me anima a pensar que dicha diferencia conceptual por sí misma garantice mejores resultados en la práctica en el marco de las estructuras de poder existentes. En Argentina y Brasil, el “giro a la derecha” está produciendo una regresión en materia de derechos indígenas hacia una época histórica que pensábamos superada. La neoliberalización de la administración de la educación superior pública y los impulsos privatizadores de corte comercial también están cada vez más presentes, de una manera especialmente lamentable en Brasil después del golpe, a la luz de intentos anteriores de fortalecer las universidades públicas y hacerlas más socialmente incluyentes. Aunque las empresas gringas están muy metidas en este negocio, no les faltan aliados locales, tanto políticos como empresariales, ya que cada vez más “representantes del pueblo” se lucran fungiendo de “lobistas” por parte del capital extranjero.

A la luz no solamente de la excelente declaración de nuestros colegas polacos citada por Gustavo, sino también de la formulación general de los motivos para considerar la antropología “relevante” a los problemas de nuestra época recién adoptada por la Asociación Europea de Antropólogos Sociales (EASA, 2015), creo que las propuestas positivas que Gustavo ha hecho van a tener buena acogida. Sin embargo, en lo que sigue quiero añadir algunas observaciones sobre las implicaciones de vivir en un mundo en que la vida democrática está siendo minada por profundos cambios a pesar de los movimientos que pretenden profundizarla.

Desde una perspectiva europea, parece que las tendencias económicas y políticas actuales están empujándonos otra vez más hacia el tipo de escenario de estados nacionales competitivos y nacionalismos excluyentes que fue el contexto histórico de los pasos originales hacia la profesionalización de la antropología como disciplina académica dentro de las instituciones universitarias (Hart, 2003). Motivos ligados a este afán de construir disciplinas dignas de “respeto” intelectual dentro de las universidades establecidas y avanzar la profesionalización del gremio nos ayudan a entender, por ejemplo, la colaboración de algunos de los antropólogos sociales destacados del mundo de habla alemana con el régimen nazi (Gingrich, 2010) y las complicadas relaciones entre la antropología británica y el colonialismo británico (Mills, 2002). Sin embargo, a pesar de la existencia de ecos del pasado en la situación actual, la historia no se repite. La transformación de la universidad en otro tipo de institución podría seguir elaborándose a pesar del fracaso global de las políticas de austeridad neoliberales y la posibilidad de una marcha atrás en términos de algunos aspectos de la globalización económica. Tal vez China, todavía defensora de la globalización y el país que está avanzando más rápidamente en el mundo tanto en los rankings de calidad universitaria como en lo que se refiere a su nivel de provisión, podría seguir un rumbo diferente, pero la elección de Trump, fundador de una universidad privada tan fraudulenta que se vio obligado a cerrarla (Helderman, 2016), no nos anima a pensar que el futuro de las universidades públicas estadounidenses esté seguro. Además, China tiene sus propios problemas en lidiar con las diferencias étnico-raciales. Tanto en Europa como al otro lado del Atlántico, los estados controlados por grupos derechistas y xenófobos no van a promover el tipo de pensamiento antropológico por el cual Gustavo está abogando, ni ver con buenos ojos los valiosos intentos de algunas universidades de defender los derechos humanos de sus alumnos que son hijos de inmigrantes. Aún más preocupante es la probabilidad de que los partidos socialdemócratas sigan moviéndose hacia un “centro” cada vez más a la derecha, sobre todo cuando se trata de cuestiones de inmigración, por temor de perder más votos a manos de los partidos populistas de la derecha que están conquistando tanto a las clases obreras como a las clases medias fragilizadas por el ocaso del capitalismo neoliberal como un proyecto social que pudiera aliviar el impacto político de sus desigualdades para producir una cuota adecuada de “ganadores”.

Hemos llegado a un punto en que las distinciones del pasado entre derecha e izquierda ya no funcionan para definir la estructura del campo político. El giro a la derecha se aprovecha de un resentimiento social difuso que está produciendo efectos políticos en distintas clases sociales y hasta contradicciones entre, y también dentro de, distintos segmentos de las “minorías étnicas” producidas por la inmigración histórica, bastante claras en el caso de la población “latina” estadounidense. Ni el multiculturalismo ni el interculturalismo han eliminado los legados del imperialismo y colonialismo occidentales y su invención de “la raza blanca”. Las reacciones violentas (backlash) en contra de dichas políticas, sobre todo cuando el reconocimiento se combina con un cierto grado de redistribución, siempre fueron previsibles y reconocidas (Fraser, 1995; Hale, 2006). Sin embargo, bajo agravadas condiciones de crisis estructural, los resentidos se sienten autorizados no solamente a decir cosas “políticamente incorrectas” sino también a expresarse de su “otro” predilecto con violencia y odio. Estamos viviendo en un momento de intolerancia ampliada, ampliada no solamente por demagogia política sino también por las dificultades reales que distintos segmentos de la sociedad enfrentan en sus vidas cotidianas, en algunos casos problemas de mera sobrevivencia, en otros casos problemas para reproducir un estilo de vida al cual la gente ya está acostumbrada. El combate, por medio de argumentos razonados, de este tipo de resentimientos nos presenta un reto más difícil que el de rebatir el tipo de resentimiento mezquino que llevó a algunos elementos más acomodados de la clase media blanca a apoyar el golpe en Brasil a causa de su disgusto por la todavía efímera ascensión social de miembros de capas sociales cuyas características fenotípicas difieren de las de los dueños de la Casa Grande.

Sin embargo, el caso de Brasil también nos muestra que, a pesar de la existencia de movimientos de la ultraderecha tanto entre jóvenes como entre miembros de generaciones mayores y la implantación por parte del gobierno ilegítimo de un estado de excepción represiva, las universidades (junto con las escuelas secundarias) todavía pueden servir de importantes bases para resistir la exclusión social, la intolerancia y el cultivo de la ignorancia y del prejuicio. Me parece que los antropólogos como profesionales solamente demostraremos ser “relevantes” cuando estemos dispuestos a actuar tanto fuera como dentro de nuestras aulas y siempre y cuando tengamos algo que vale la pena decir, algo que atraiga la atención de los estudiantes analítica y políticamente, y que podamos expresar de una manera inteligible a las personas que no sean de nuestra tribu. En este sentido, nuestra meta actual tal vez deba ser mostrarnos un poco menos “disciplinarios”, abogando por perspectivas más universales y menos etnocéntricas en todas las ciencias sociales e históricas.

Esto me lleva a discordar un poco de Gustavo (y Claudio Lomnitz) sobre la centralidad de los métodos etnográficos. Desde el punto de vista epistemológico, y apoyando la perspectiva que Gustavo adopta sobre las virtudes, a pesar de sus limitaciones, de los evolucionistas, estoy de acuerdo con Keith Hart (2004) y Tim Ingold (2007), quienes insisten que no se debe definir el proyecto antropológico en términos de la etnografía, sin negar las enormes virtudes de este método en lo que se refiere al estudio de ciertos tipos de procesos y relaciones humanas, a ciertas escalas de análisis. En términos prácticos, al menos en Europa, los intentos de vender nuestra disciplina al Estado y a organizaciones internacionales y no gubernamentales, en términos de nuestro uso de métodos etnográficos, no han conseguido garantizar nuestro futuro como disciplina académica, aunque es probable que hayan extendido el mercado de trabajo fuera de la academia para nuestros doctores. Yo creo que podemos conseguir mucho más destacando las virtudes de una ciencia humana que usa múltiples métodos según la cuestión a ser investigada, pero que siempre adopta una perspectiva comparativa que cuestiona el etnocentrismo y destaca una gama más amplia de posibilidades humanas.

A pesar de que tengo dudas sobre este elemento del argumento de Gustavo, creo que nuestra admiración compartida por el tipo de antropología practicado por Eric Wolf y Sidney Mintz nos lleva a la misma conclusión sobre qué tipo de proyecto académico nos podría ayudar a escapar de nuestra crisis de relevancia actual. Es cuestión de mostrar al público que se puede ver el mundo humano y su historia de una manera rigurosamente diferente y más universal, desde perspectivas que ponen a occidente en su debido lugar y que demuestran la falsedad de algunos de sus mitos constitutivos, los mitos que son la base de las ideas occidentales modernas sobre las razas y los otros códigos modernos de discriminación y xenofobia. Pero hay otro problema que necesitamos enfrentar.

Ya vivimos en lo que se ha llamado tiempos de “post-verdad”. Hoy en día no solamente tenemos que lidiar con el dominio de las grandes corporaciones mediáticas, destacadas por sus labores propagandísticas a favor de las elites, a las cuales sus propios dueños pertenecen, e interesados, por motivos comerciales, en mantener a los antropólogos en el “casillero del salvaje” vendiéndose como expertos sobre la alteridad exótica. También tenemos que lidiar con lo que Gustavo llama la “hiperdemocratización” de un espacio público virtual “en el cual todos aparentemente tienen el mismo peso y valor”. Quiero extender su discusión tomando dos ejemplos recientes de reportajes en los medios de comunicación ingleses. La bbc informó que si se hace una búsqueda en Google usando la pregunta “¿Los negros son inteligentes?”, el algoritmo actual de Google devolverá una serie de páginas de internet que privilegia argumentos a favor de una jerarquía de razas (Baraniuk, 2016). Google se ha comprometido a modificar su algoritmo, pero la proporción de jóvenes en el Reino Unido que expresan confianza total en la autoridad de la información que encuentran en Google está aumentando, aunque hasta la fecha todavía no ha superado el treinta por ciento de los jóvenes encuestados. Es cierto que internet también puede ser una fuente de datos confiables sobre cuestiones como la inmigración, por ejemplo. Sin embargo, en un análisis extendido publicado por el periódico The Guardian, el sociólogo William Davis (2016) no solamente advirtió sobre la amenaza que representa para la democracia el control de datos en masa (Big Data) por compañías privadas, sino también sobre los resultados de estudios tanto en Estados Unidos, en vísperas de la elección de Trump, como en el Reino Unido, en vísperas del voto a favor de la salida del país de la Unión Europea, que mostraron altos niveles de desconfianza por parte del público de la validez de las estadísticas oficiales sobre la inmigración. Un estudio mostró que los encuestados creían que el gobierno estaba mintiendo sobre el verdadero número de inmigrantes en el país y las consecuencias sociales y económicas de su presencia, pero respondían más positivamente a datos cualitativos que contaban las historias de migrantes individuales y a material fotográfico que mostraba aspectos positivos de la diversidad cultural. Una vez más, podríamos pensar que habría una oportunidad aquí para los antropólogos y sus estudios etnográficos, tanto visuales como textuales. Sin embargo, el excepcionalismo particular –“él es buena gente, pero no aguanto a la mayoría de los [insertar el nombre de la minoría étnica de su preferencia]”– siempre ha sido parte integral de la discriminación racial, y sabemos que “el público” puede recibir una foto de un niño refugiado con caridad y cariño a la vez que su postura niega la misma humanidad (y derechos a asilo) a sus hermanos mayores y a sus padres.

Por lo tanto, una perspectiva más amplia, holística e histórica sigue siendo imprescindible en nuestros argumentos, incluyendo, a pesar de sus sesgos potenciales, un grado de respeto por los análisis cuantitativos, indispensables para mostrar que las características de las poblaciones en general no se conforman a los estereotipos que pueden ser construidos con base en datos cualitativos sobre el comportamiento de un puñado de figuras “representativas” aisladas de su contexto o malinterpretadas, tal como sucedió, por ejemplo, en el caso de “la cultura de la pobreza” de Oscar Lewis, un concepto que rápidamente se apropió la derecha política a pesar de las intenciones del autor y la popularidad de sus ricas historias de las vidas de sus sujetos fuera de la academia, tanto en México como en los Estados Unidos.

Los antropólogos no solamente tenemos la materia para repensar el pasado (algo que muchos ya hicieron con distinción) sino también para pensar en el futuro al cual las tendencias actuales nos están llevando. Parece que la hegemonía global de los Estados Unidos está llegando a su fin, pero los imperios de otras épocas no tenían la capacidad militar de destruir el planeta. Los robots y la inteligencia artificial podrían en un futuro no muy lejano alterar el mundo del trabajo más radicalmente que cualquier cambio anterior, incluyendo muchas formas de trabajo intelectual que en este momento requiere de una formación universitaria, aunque las consecuencias sociales de estos cambios tecnológicos serán, como siempre, determinadas por las luchas sociales y políticas por venir. Estos temas ofrecen muchas posibilidades para los antropólogos, ya que se trata de lo que quiere decir ser humano y vivir una vida humana. Lo mismo puede decirse sobre los impactos de los cambios climáticos que amenazan con ocurrir con mayor rapidez que lo previsto, aun dejando de lado el problema de Donald Trump. Sin embargo, como Gustavo subraya, estamos siendo bastante tímidos en abrazar las nuevas oportunidades que nuestra época nos presenta.

Creo que existe un amplio reconocimiento de que los antropólogos pueden hacer aportaciones importantes a los debates sobre cómo gestionar el cambio climático, simplemente porque hay también un amplio reconocimiento de que las cuestiones de la cultura son relevantes. Sin embargo, tanto aquí como en el caso de cuestiones que tienen que ver con la creación de inteligencia artificial o las biotecnologías llegamos a los límites de la autonomía disciplinar. No basta decir que todo es una construcción social: hasta Bruno Latour se ha disculpado un poco sobre este asunto (Latour, 2004). No solamente tenemos que hablar con otros tipos de científicos y entender la información que las ciencias naturales nos pueden proporcionar, sino también comportarnos como científicos capaces de llegar a conclusiones, aunque sean parciales y provisionales. Lo que más importa no es la sobrevivencia de la antropología como disciplina institucionalizada, sino la sobrevivencia y extensión del proyecto antropológico, entendido como el estudio de las posibilidades del ser humano como animal social que se reproduce en un mundo cuya “naturalidad” sí es una construcción sociocultural, pero que también está sujeta a otros órdenes de causalidad. Puesto que nuestro mundo de pronto estará poblado también por “personas artificiales” creadas por nosotros, pero estamos apenas empezando a participar en los debates científicos sobre el antropoceno, hay mucho que hacer.

Bibliografía

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